Noches de cuentos cortos: Úrsula y Amelia

Amelia sabía que los dos únicos quioscos cercanos cerraban a las cinco de la tarde, y sin embargo esperó hasta menos cuarto para dignarse a abrir la puerta. Úrsula, sin embargo, había sacado ventaja a su tiempo y logró partir diez minutos antes.

Para sorpresa de ambas, se encontraron a una distancia menor que la esperada y la situación se volvió frágil, por no decir desafiante. Úrsula siempre se caracterizó por actuar rápido y Amelia por pensar antes de hacer, que significaba contrariamente una acción tardía y en algunos casos, fatal; y así se volvían dos personas totalmente distintas pero que competían por un mismo y desesperado fin. La primera suele traer consecuencias y la segunda dificultades, sobre todo porque Úrsula adoptó una personalidad precipitada y Amelia, una inseguridad notoria.

Los segundos corrían y se sentían en el reloj de la bisabuela Susana, o así lo llamaban todos pero cuando uno se arrimaba a preguntar nadie sabía responder al por qué, y aun así continuaban relacionándolo con aquella pertenencia; una cosa de locos en la que sin duda se detuvo a pensar Amelia, cuando su oído captó el incesante movimiento de la aguja.

Los pocos metros que las separaban todavía existían y se echaron a correr como perro asustado con petardos. Las piernas les respondían muy bien y podrían haber estado así durante largo rato; aunque llegar a destino terminó con aquel atisbo de diversión. La persiana estaba plenamente baja y las dos se quedaron perplejas.
– Capaz este quiosco cierra más temprano –dijo Úrsula, deduciendo lo que estaba a su alcance, pero sin detenerse en los detalles ni reparar en las posibilidades de lo que podría haber sucedido.
Pronto empezaron a correr otra vez, Úrsula antes que Amelia, porque la última se quedó pensando y mirando detenidamente las hendijas. Pero cuando logró ver que cuerpos oscuros caminaban detrás haciendo que oscile la luz que salía de ellas como rayos de sol, dio por sentado que quería alejarse. Más por miedo que por no querer seguir pensando.

El próximo quiosco estaba a unos cuantos metros, así que las piernas debieron responderles por otro largo tiempo.

Cuando Úrsula giró en una esquina, Amelia saltó y se estiró de tal forma que logró alcanzarle los pies, provocando que cayese de bruces contra el piso de cerámica. La impotencia de la primera contra la de la segunda se acrecentó, dejándolo demostrado con una patada en la frente; pero Amelia no lloró, sino que miró al piso, agachando la cabeza. La cerámica era de un color azabache, oscuro pero brillante, y tenía pequeñas manchitas blancas como si fuesen estrellas escondidas entre un montón de nubarrones.

Por otro lado, si bien Úrsula no se quedó pensando como su compañera, se había despistado tanto que no se percató del cuerpo blanco que caminaba hacia ella.

Las dos debían ser controladas por ellos, los que iban y venían, los cuerpos blancos; los que se jactaban de tener el permiso de poder encerrarlas si llegaban tarde a los quioscos, como ellas le decían.

Amelia llegó a tiempo, o casi, para oír la excusa de Úrsula; no podía creer que ésta se dirigía al cuerpo blanco con tanta normalidad, pues ella no les había hablado nunca.
– El reloj de Susana está descompuesto.
Fue lo que dijo, y continuó con su trayectoria tan rápido como pudo. Amelia, tras ser observada e intimidada por el contrario, se echó a correr otra vez.

Úrsula ya estaba frente a la nueva persiana cuando llegó Amelia y descubrió que se había precipitado, puesto que la primera comenzó a golpear con estruendo las manos y a gritar para que abriesen.
– Ya debe ser tarde. Me hubiera quedado pensando en la otra ventana. Esa tenía luz y esta no.
Pero Úrsula estaba cansada y no quería pensar en lo que podrían haber hecho. Ya estaban ahí y era preciso que abrieran, así que decidió seguir golpeando pero esta vez con las palmas contra la persiana.

Un ruido sordo y un chirrido dejaron al descubierto la ventana incluyendo el vidrio, después de encandilar los ojos ajenos con una luz enceguecedora, y un cuerpo blanco apareció. Amelia estaba asustada; había pensado mucho y se le había hecho tarde.
No obstante, el cuerpo permaneció blanco y sereno, y ofreció cuatro pastillitas verdes y dos azules a las dos, las correspondientes a la tarde-noche, para después volver a cerrar.
– ¿Ves? No pasó nada. Pero tenemos que volver.
Úrsula dejaba en claro que estaba tranquila, pero Amelia se enojó con ella y el regreso no fue tan divertido como antes. El compuesto verde-azul comenzó a ejercer efecto.
El silencio se convirtió en el tiempo que les tomó llegar y nadie corría.

Tamara Ailén, 14/05/2016.