"Azabache" - Cuento corto.


Ella sonrió.
Él la miró de forma autoritaria y se marchó de la habitación. La reunión comenzaría pronto y el hombre no permitía que la rubia participase de algo tan importante.
Una vez más lo veía irse y la despedida se notó más frívola que otras. ¿A quién despedía ahora? ¿A un simple hombre? ¿Un amante, quizá? O tal vez al animal que con el tiempo demostró ser.
No importaba, seguía siendo él, el Jefe, y por más que no quisiese continuaba teniéndole el mismo amor desde que nació.
Karkarov se presentaba frente a los suyos en la sala, vistiendo su característico traje gris que lo distinguía de los demás; aunque su altura y enormidad también lo hacían diferente. Después de todo, los motivos por los cuáles él llegó hasta allí eran demasiado evidentes.
― Señor, llevamos a cabo el plan que se concluyó en uno de los debates de la reunión anterior. Cien de los nuestros se encuentran en Rusia, esperando la señal. 
El primero en hablar fue uno de los encargados de dirigir el ejército, ubicado en el tercer lugar contando desde la cabecera, adonde el Jefe tomaría asiento después de servirse una copa de vino.
― En cuanto a la compañía –Prosiguió el secretario-. Los cazadores del norte superaron a los del este, e incluso a los del sur. Sugiero, mi señor, que reinicien el último nivel. 
El jerarca se sentó, copa en mano. Observó a los presentes con el entrecejo fruncido y contestó lo que creía necesario: la señal no sería dada, y los cazadores no reiniciarían otra vez el último nivel. Dio un trago largo al vino y continuó; dio las órdenes diarias y otras que asegurarían la protección del castillo.
Pasado el mediodía terminó la reunión y los veinte hombres se retiraron después de Karkarov.
― Roderick… -Susurró la rubia, a sabiendas de que la oiría.
― ¿Qué haces a mitad del pasillo, niña? –Reprendió el jefe al voltear, denotándose molesto.
― ¿Por qué otro motivo te buscaría, Karkarov? Quiero ir a Rusia, hazme partícipe de la guerra.
― Lárgate, Cathrin. 
El hombre continuó su camino. Corinne repudiaba que la llamasen de aquella manera, pues no se familiarizaba con su segundo nombre. Sin embargo, su personalidad no le permitiría quedarse de brazos cruzados, aunque claro el Jefe ya lo sabía.
Una hora más tarde se presentó en su oficina, ubicada en el ala este del castillo; el último piso de la torre. Llevaba un vestido negro ceñido y el cabello suelto y ondulado.
Golpeó tres veces la puerta, haciendo sonar el reluciente anillo del anular de la mano derecha contra la madera. Un ronco “adelante” se oyó desde dentro y la rubia ingresó, taconeando firmemente hasta posarse frente al escritorio.
― ¿Qué quieres? –Preguntó el Ser Superior de mala gana, sin quitar la vista de los papeles que estaba leyendo.
― ¿Cuándo te irás? 
 El Jefe suspiró profundamente y Corinne se tornó cabizbaja. Se preparaba para otro regaño violento.
― Mañana. 
Respondió sin embargo, aunque sin mirarla, y se levantó del sillón de escritorio para dirigirse hacia el estante repleto de botellas. Tomó la de whisky y sirvió el contenido en un vaso. Bebió.
― ¿Iré contigo? –Insistió, con algo de esperanza en el tono de voz.
― No –Sentenció Roderick y acortó la distancia entre ambos. 
No era la primera vez que se encontraban en esta situación, es decir, cada uno sabía la respuesta a las preguntas del otro; no era más que la rutina de todas las tardes. Claro que aquel diálogo sólo duraba pocos minutos, y después sólo se veían en los horarios de almuerzo y cena. Pues el desayuno y la merienda no eran más que alcohol para aquel hombre. A excepción de aquella vez que la rubia lo sorprendió en la mañana con una bandeja de plata, café y tostadas.
Su raza -hablando de los habitantes del castillo- es considerada la más prestigiosa y, dentro de ella, la organización de Karkarov es la más poderosa. Por lo tanto, los demás son simples subordinados.
 El jefe del clan Trouzengard -llamado así desde hace siglos- lideró el negocio de la familia desde los 18 años. Carente de infancia y adolescencia, formó una personalidad perversa y peligrosa.
El hombre bestial repleto de orgullo y avaricia, no conocía otro sentimiento que no fuese el odio y la repulsión hacia los que consideraba inferiores. A pesar de ello, las mujeres se sentían atraídas por él, por la perfección de su cuerpo y el palabrerío que simulaba romance.
 Karkarov era símbolo de elegancia, pero su presencia resultaba imponente; infundía temor y respeto para los que ya lo conocían y para los que jamás lo habían visto. Incluso la familia lo veía de aquella forma; teniendo en cuenta a sus padres, esposa e hijas.
― ¿Tu esposa es consciente de que te marcharás otra vez?
― Sabes muy bien que no me interesa lo que tu madre piense. 
Alguna vez alguien ha dicho que no se deben comparar las edades para el sentimiento que ambos fingían ocultar. ¿Pero aquella teoría se aplica si se trata de siglos contra unos veinticinco?
 ― ¿Te volveré a ver? 
 Fue la última pregunta que formuló la rubia cuando se encontraba de frente a la puerta principal que ya había sido abierta, pero la expresión inerte del que tenía delante de su mirada azulina no denotaba respuesta.
El jefe dio la vuelta y comenzó a caminar, mientras desaparecía su figura antropomorfa. El cabello rubio, la piel blanca y el traje gris se esfumaban en la oscuridad, recibiendo al color azabache.
Ella sonrió. El lobo le enseñó las fauces y se marchó.




Por Tamara Fernández.