La proclamación del rey [Cuento corto]


Era temprano cuando empezó a llover y la ropa aún estaba tendida en la soga que atravesaba por completo el jardín. Victoria, recién llegada de su trabajo; el cuál consistía en ser cocinera y lavaplatos de un capataz; corrió hasta la soga y quitó toda la vestimenta, más mojada que antes.
Lo que hasta ahora parecía ser un día ordinario no lo era en absoluto: la proclamación del rey sería anunciada a las seis de la tarde, y cabe decir que ella estaba más que nerviosa. Todavía debía realizar una tarea que le había encomendado el capataz y debía cumplirse antes de dicho anuncio. Él era un hombre robusto, vigoroso, con una barba que le llegaba hasta abajo del pecho, aunque en la cabeza no tenía más de tres pelos; una persona extremadamente dominante y era algo notable frente a una mujer como Victoria, quien tenía aspecto frágil y una piel demasiado pálida, tanto que a veces parecía enferma. Sin embargo, parecía ser la persona perfecta según el capataz para el cometido y no había ninguna excusa que ella pudiera manifestar para oponerse ante lo acordado.
A las dos de la tarde, momento en que terminó de colgar la ropa dentro de la humilde casa que posee, tomó su abrigo color escarlata y el bolso que su jefe le había dado horas antes. Salió a la calle a paso apurado, ignorando a la muchedumbre que empezaba a reunirse para acercarse al lugar en donde se haría la proclamación. Familias enteras caminaban un determinado trayecto, mientras que Victoria se dirigía a una dirección contraria. Primero debía ir a una de las tiendas más importantes del pueblo y estaba lo suficientemente lejos como para asegurar que si no se apresuraba llegaría tarde, pues todos los vendedores cerrarían a las cinco de la tarde por orden protocolar. La tarea casi no había comenzado y ya se le hacía difícil. Las carrozas de los pueblerinos más afortunados le impedían el paso de vez en cuando, puesto que los caballos se asustaban ante el abrigo color escarlata que iba en dirección contraria y relinchaban, sumando más estruendo a las voces que cantaban.
Victoria ya no estaba consciente de la hora. Sólo pudo enterarse de la misma gracias al foliot que tenía en su casa; uno de los obsequios que le había hecho el capataz. 
El bolso parecía pesar más y el abrigo comenzaba a apretarle, siendo no más que una suposición de ella, pues todo seguía igual que antes, aunque las carrozas, la muchedumbre y las voces cada vez se alejaban más. 
Al fin había llegado a la tienda que parecía estar al otro extremo del pueblo cuando vio al reloj antiguo de la capilla marcar las cuatro de la tarde. Golpeó la puerta con los nudillos colorados y hundió la nariz en el cuello del abrigo. El hombre que abrió la puerta tenía claramente el aspecto de un enano, tanto que Victoria tuvo que bajar la mirada para observarlo bien: su cabello, negro azabache ondulado, le llegaba a la altura de los hombros y sus marcados pómulos rosados casi no dejaban distinguir el color verde de sus ojos. Extendió sus cortos brazos hacia ella... o mejor dicho hacia arriba, y Victoria le cedió el bolso. El enano se perdió en la oscuridad de la tienda y luego volvió con el mismo objeto para devolvérselo, aunque ahora la sensación de pesadez era cierta.
Faltando dos horas para la proclamación, Victoria se dispuso a regresar, pero ahora el camino era mucho más ameno, ya que los pueblerinos le habían tomado ventaja. 
Antes de llegar a destino, o más bien antes de ingresar a la muchedumbre que rodeaba la antigua ciudadela, guardó el bolso dentro de su abrigo y se aferró a él, para así lanzarse ahora e intentar llegar a la parte trasera de la fortaleza.
Las carrozas se habían detenido pero los caballos aún estaban inquietos y se oían sus quejidos, anunciando la llegada del abrigo color escarlata; pero las voces que cantaban no se percataban de la importancia de los relinchos. 
Victoria logró pasar entre ellos, ayudada por su delgada figura que le permitía hacerlo sin dificultad. Ladeó la ciudadela hasta llegar a la puerta trasera que no era más grande que la principal e ingresó, pues a los guardias se les había encargado vigilar a las personas que estaban delante. 
Minutos más tarde se hicieron las seis y el heraldo se asomó al balcón levantando ambas manos para que las voces cesaran, aunque los relinchos ya no se oían desde hacía un rato. El hombre extendió aún más sus brazos hacia adelante y estiró sus largos y finos dedos hacia la muchedumbre para luego anunciar:
— El rey ha muerto, ¡Viva el rey!
 Los pueblerinos se alarmaron ante la proclamación inesperada y comenzaron a abuchear vociferantes, mientras que los relinchos volvieron a escucharse al ver cómo se mezclaba y huía a toda prisa entre las personas el abrigo color escarlata.

Por Tamara Fernández. 12/05/2014